Por José Chalarca
   

El hombre es pues el ser más solitario del universo y del mundo que construye a su alrededor, es la tentativa desesperada por salir de sí mismo y encontrar un otro yo idéntico.

El primer objeto que se propone a su libido en el instante de su aparición es su propio cuerpo y en él encuentra todas las posibilidades de satisfacción que le ofrece el conocimiento incipiente.

Y es alrededor de ese cuerpo que se le ofrece como otro, de su construcción anatómica, que comienza a elaborar su erotismo y en este proceso involucra todos los elementos que se disponen a su alcance.

En esta fábrica todo cabe pero nada es suficiente, nada es capaz de terminar lo que proyecta: definir las líneas de su identidad, lo que permitirá, a su vez, conformar la figura de otro ser, su par, que le posibilite trascender y salir de su estado de soledad.

De ese empeño inútil nace todo: las religiones, las ciencias, las filosofías, las artes que crecen alcanzan su momento de plenitud y mueren al fin dejando sus logros inconclusos como punto de partida a nuevas construcciones que también cerrarán su ciclo sin cumplir su cometido.

Hay que decir pues que el yo es el sustrato primero de la creación. El yo síquico y el yo carnal, físico; cada hombre es el centro de su propio universo y, en consecuencia, es egoísta y egocéntrico, no por vicio sino por esencia.

Y cómo ente que conoce tiene que volcarse primero sobre sí mismo para conocerse. Debe penetrar en él, poseerse y delimitar los espacios y los tiempos de su pertenencia. Tiene que saberse y sentirse; sentirse metafísicamente y sentirse sensualmente, movimientos estos de los que sufre el erotismo del cual puede decirse con Bataille, que es la aprobación de la vida hasta la muerte.

Pero donde es más dramática la búsqueda de la otridad es, sin duda, en la que mueve el impulso amoroso. ¿Por qué? Porque no sabe lo que se busca y cada encuentro es tentativo. Llegamos a otro cuerpo deslumbrados por el destello fugaz de un destello mínimo que en la potencia fulgurante de su estallido nos enceguece para ver todo lo que no es, con lo que, esa brizna mínima, disfrazada de totalidad, nos arrastra en su remolino para arrojarnos después a la orilla del camino malheridos por el desencanto, a punto de ser estrangulados por la desesperanza.

Encuentro en mi vida millones de cuerpos; de esos millones puedo desear centenares; pero, de esos centenares no amo sino uno. El otro del que estoy enamorado me designa la especificidad de mi deseo, escribe Roland Barthes.

 
 
       
 

Allí está el nudo del drama: lo que me atrae en el otro no está de verdad en el otro; es tan sólo la proyección de lo que busco y deseo encontrar angustiosamente. Por eso el corolario de todo orgasmo es el desencanto, y la corona de todo amor una cada vez más lacerante desilusión.

El amor es también una pasión inútil y de sufrirla como sujeto paciente deviene ese objeto que llamamos arte erótico.

       
   
Pedro Ángel
El descanso, 1988
Grabado en metal
31 x 25 cm
Colección del artista
 
 

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