Por Álvaro Chaves Mendoza

Cultura Tumaco
Si bien el falo puede representar fertilidad, como indicador del poder fecundante masculino, en muchas culturas agrícolas el simbolismo se enfoca hacia la contraparte femenina y es la mujer, como dadora de la vida, el emblema de la continuidad vital. Tal es el caso del Sinú, fértil región del norte de Colombia, donde la relación mágica entre la mujer y la tierra la encontramos en pequeñas figuras femeninas de cerámica, adornadas con grandes narigueras y complejos collares, pero totalmente desnudas, sentadas con las piernas abiertas para mostrar su sexo enfatizado en el tamaño y los detalles. Lo femenino, la capacidad reproductora se exalta al máximo mediante esta comparación con la fertilidad terrestre, con la capacidad de repoblar de vegetación los campos. Estas venus del Sinú son a un tiempo la mujer y la tierra, son las madres de la humanidad.

Hermosas y graciosas donadoras de sus favores fueron para los soldados españoles las mujeres del Sinú, cuando en el avance conquistador llegaron a los pueblos del sur de Cartagena. Sobre ello nos relata fray Pedro Simón: “No se reparaba mucho en que la novia estuviera doncella como lo supieron los españoles en lo que le sucedió a don Pedro de Heredia y sus soldados en el pueblo de Cipagua, donde estando alojados en cierta labranza no lejos del pueblo, después de haberles enviado el Cacique cuatrocientas viejas cargadas de diferentes comidas, les envió mas de cien mozas, todas tan de buen parecer, graciosas, hermosas y risueñas, que fueron ocasión a que le pusiesen los nuestros por nombre el pueblo de las hermosas; no traían otra cosa cubierta de su cuerpo más de lo que podrían cubrir muchas vueltas de cuentas de chaquira entremetidas con granillos de oro en las gargantas de los pies, brazos y cuello, pero después de estar casadas se advertía tanto en el adulterio que no pagaban menos que con la vida ambos adúlteros. ” (Simón, V, 59, 1881).
Cultura Calima

Los taironas, guerreros destacados y muy amantes y celosos de sus mujeres, tenían en su ritual la costumbre de realizar actos homosexuales masculinos en las casas ceremoniales. Como es de suponer, este comportamiento aterró a los españoles, miembros de una cultura en la cual lo sexual tiene significados pecaminosos, que en el caso de por ellos llamado “pecado nefando” alcanzaba la categoría de crimen y debía castigarse con la pena máxima. Encontrar ese pecado realizado abiertamente y además sacralizado por el lugar y la ocasión de su ocurrencia, hizo que para los hispanos estos indígenas fueran considerados “gente tan sin virtud, tan monstruosa, que de ley natural no queda cosa…” (Castellanos, 322, 1847).

Si a todo esto añadimos el culto fálico que tuvieron como práctica regular, comprenderemos la acentuación del choque cultural en la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí los naturales tuvieron el órgano viril como símbolo de fertilidad tan deseada en pueblos de agricultores, cazadores y pescadores. El falo aparecía tallado en la madera, en la piedra y el hueso, modelado en la cerámica y fundido en el oro, no sólo como objeto ritual puesto que “los garabatos tenían en su casa para colgar mochilas y calabazos y otra baratijas, lo hacían en figuras abominables que incitaban al pecado, al cual y al de las molicies, que también cometían públicamente, convidaban desvergonzadamente a los españoles”. (Simón, V, 205, 1882).

Hasta que punto estas figuras de penes erectos pudieron tener un contenido erótico para los taironas, no podemos saberlo; los españoles si lo dieron por cierto y lo extendieron a lo pornográfico, encontrando en ese culto una razón más para la condenación de esta sociedad indígena, que a fines del siglo XVI fue casi aniquilada.

 

Cultura Sinú

El aspecto de aquellas hermosas lo podemos apreciar hoy en las figuras de cerámica de nuestros museos y colecciones, que concuerdan con la descripción de los Cronistas: rostros armoniosos, cuerpos esbeltos, una falda de algodón de la cadera a los tobillos, los senos al aire, tatuaje y pintura en los hombros, los brazos y la parte delantera del torso, y adornos de collares, narigueras y aretes, que acrecentaban su atractivo.

Por su parte, los guerreros del Sinú, también pintados, tatuados y adornados con joyas, llevaban por vestido solamente un trozo de caracol dentro del cual colocaban su órgano sexual. Este “penestuche” que era un caracol de oro en los capitanes, tenía un significado simbólico especial: el caracol, por ser un animal hermafrodita, lleva en sí mismo el principio de lo masculino y lo femenino, o sea los elementos que unidos son la fertilidad y la vida. Cubrir el sexo de esa manera, no era propiamente darle una protección física pero sí mágica, por cuanto el emblema vital por excelencia, el paradigma, el caracol, guarda y protege el instrumento de la reproducción.

En el frío altiplano oriental, las mujeres muiscas tenían libertad sexual desde su pubertad hasta el momento de la boda: la virginidad no era considerada condición necesaria por el futuro marido, por el contrario se suponía que la mujer que se conservara en tal estado no tenía los suficientes encantos para ser requerida por los hombres; lo más importante era tener una esposa fértil y las mujeres lo probaban de la manera más evidente: aportando un hijo al matrimonio. Además la mujer, demostrando su maternidad, evitaba el repudio que esperaba a aquellas que no tuvieran descendencia, pues su función primera y principal era la gestación el parto y la crianza de los infantes. Después del matrimonio, sancionada la unión de la sociedad, debía guardar fidelidad total a su marido y el adulterio era castigado con la muerte tanto de la infiel como de su amante, pero si éste era casado, el castigo consistía en que dos hombres solteros se acostaban con su esposa. La mujer anhelaba tener muchos hijos y para propiciar los buenos partos hacía ofrendas de canutillos y láminas de oro a Cuchaviva, el arco iris, protector de las embarazadas.

 
 

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