La creación del hombre

La tierra estaba desierta. Bachué emergió del agua, abandonó la laguna, seguida por su hijo y avanzaron bajo el cielo de una noche sin estrellas. Ella tenía el cabello larguísimo y una cola de serpiente que arrastraba a su paso. Él era alto y moreno, tenía los ojos rasgados, los pómulos altos y los labios gruesos. Se adentraron en el valle, tomados de la mano, pero encontraron a su paso una tierra desolada y fría. Caminaron hasta el cansancio se tendieron uno junto al otro y de repente sintieron el agobio de su propia soledad, en una tierra sin habitantes. Bachué descansó su cabeza en el pecho del hijo, acarició los muslos firmes del joven, aspiró su olor salado y la asalto la cercanía de su sexo erecto y bello. Bachué sabia y sinuosa, humedeció con su lengua la piel nunca tocada de su hijo, el alma se le llenó de remembranzas, atrapó con la mano la estaca dulce y caliente y encontró la respuesta a todas sus ansias femeninas, a su espera de años, al delirio de sus sueños, a la voracidad de su vientre. El hijo suspiró de placer y Bachué lo besó, lo lamió, lo mordió sin compasión. Se apropió de ese sexo que ella misma había dado a luz y lo hizo crecer entre sus labios. Después lo atrajo con los brazos, le enseñó la forma para entrar siempre en ella y la tierna Bachué, la que se transformaba en lechuza por las noches y vivía en el día en la laguna, exhaló un hondo gemido de placer, cerró los ojos con alivio y se dejo hacer por su hijo, se dejo horadar hasta el infinito, se dejó fecundar para poblar la tierra.

   
Gastón Bettelli
Sátiro raptando una ninfa, 1987
Óleo sobre lienzo
70 x 50 cm
 
Freda Mosquera
(Colombia)
 
 

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