Por Fernando Guinard

Mientras repasaba los apuntes de Religión, lo saqué, lo acaricié, se creció con rapidez y gracias a Marisol, desnuda y dispuesta en mi mente, de pronto, sin dar espera, un misil voló hacia el techo. El cuarto tenía una cama, un armario, una mesita para estudiar, un asiento y un cielo raso como de cuatro metros de altura. El líquido vivificante comenzó a escurrirse en forma de estalactita sobre mis apuntes, pero eso no era lo más grave: había que limpiar la mancha. Ni siquiera con la ayuda de una escoba y una toalla humedecida y parado sobre la mesa, el asiento y un tarro de galletas, logre alcanzarla. En ese momento decidí no confesarme más. Me imagine la romería de gente corroborando la potencia de tantos años de inocencia.

En la década del setenta la locura era inminente. Eduardo Serrano, director de la Galería Belarca, expuso a Luis Caballero y Darío Morales y organizó la primera exposición erótica en Colombia con la participación de más de treinta artistas.



Las puertas de las casas se abrieron y penetraron en ellas las expresiones de avanzada. En las salas de espera se colgaron escenas de placer que hace posible el coito con los ausentes. La onanista de Leonel Góngora acordándose de sus picardías se masturba de una manera desgarradora y expele un aroma para atraparlo en un perfume. Góngora, el artista colombiano que más ha viajado por el erotismo, primero en México y luego en Estados Unidos, recreó el tema con avidez, pasando por los espacios ambientales que penetraron el lado oculto, onírico y erótico de la María de Isaacs, hasta llegar a las pasiones perversas y la bestialidad.

En los salones principales de las casas se exhibían los elementos eróticos de Jim Amaral, fragmentados y ensamblados en un rompecabezas semiótico y psicológico de la vida, pasión y muerte del

Efraím Martínez
Culto de Safo, 1927c. Carboncillo sobre papel, 30.5 x 24 cm
 
Pedro Nel Gómez
Danza frenética, 1974. Acuarela, 56 x 75 cm
 
Domingo Moreno Otero
El beso de la madre del amor y de la muerte, 1925c.
Óleo sobre tela, 165 x 362 cm. (Panel central), Museo Nacional

hombre. Su masturbación potente y vaporosa es surrealista. En los dormitorios, en lugar del Sagrado Corazón, lucían el color y el paisaje sodomita de Ángel Loochkartt. En las alcobas, las niñas, en lugar de alumbrar la virgen de Chiquinquirá, rendían culto a las vírgenes de Augusto Rendón, dispuestas a recibir, falo en bandeja, los secretos del amor bisexual.

"El Movimiento Erótico" continúa su balanceo con el poeta de los pliegues, de la luz y la ilusión y con la ninfa de la culinaria poética: Omar Rayo y Erica Jong. Ellos nos deleitan con una sinfonía, a ritmo lento, donde la mujer marca el paso a la medida de su deseo.

El pintor y su modelo, Darío Morales y Ana María, llevaron sus cabellos largos y exóticos vestidos a París. Allí protagonizaron una historia de amor, arte y erotismo que se respira en el aire de sus pinturas. De la misma generación Luis Caballero enaltece el amor entre hombres y el desnudo masculino. Su juguete erótico está dispuesto para ser acariciado por el canto de Agueda Pizarro. Los otros artistas de este movimiento engrandecen los placeres en feroces batallas de damas andrófagas con caballeros andróvoros.

La locura y la lujuria se elevan en "El Erotismo Religioso". El arte piadoso salió de las iglesias y se despojó de la función litúrgica. La virgen María, Santa Teresa, San Francisco, el ángel de la guarda y los mundanos obispos y curas, se dejaron tentar por el delicioso demonio de la carne. David Manzur inoculó con la saeta del deseo a Santa Teresa en las Transverberaciones y a la médium María la sedujo con serenatas que el arcángel San Gabriel le regalaba como prueba de su amor hereje. Son visiones de un erotismo místico plagado de humor y veneno.

Testigo de la violencia, el horror, la tortura y el llanto, Pedro Alcántara, dentro de un contexto más terrenal, nos muestra como doman los resabios de una pecadora confesa: un grupo de clérigos exorciza su espíritu maligno y le expulsa la posesión demoníaca en un ritual infernal. Ella, en cuatro, sólo espera la absolución.

El colmo de la locura es el "Folclor Zoofílico". Zeus, después del rapto de Europa y Leda, vino al río Magdalena a desbordar su lascivia en las muchachas criollas. A la hija del ribereño se la llevó en su grupa de burro. Con su poder proteico se transfiguró en el poeta Raúl Gómez Jattin, dando nacimiento a la zoofilia poética folclórica criolla.

En 1973, la orgía del sexo entres dimensiones fue pública. En el Museo de Arte Moderno de Bogotá, Feliza Bursztyn puso a copular a las parejas al compás de motores eléctricos que hacían danzar los cuerpos en orgasmos mecánicos.

"El Homenaje a Chía" es un segundo clímax dedicado a los dioses y padres libidinosos y a los artistas espasmódicos que han dado saltos cortos pero sustanciosos hacia el erotismo en compañía de la alucinación, la ternura y el misterio. El sátiro de Bettelli, en una atmósfera de deseos verdes rapta a una ninfa, madre insaciable de las ninfómanas. El dios Apu en la Mitología Inca, es humanizado por Villegas, el guerrero de los mitos. En medio de colores alucinantes, perdidos en la oscuridad del misterio y de las texturas jadeantes, una parejita se deleita con la complicidad del Ser Supremo.

"Las Venus Criollas" hermosas y eróticas, encarnan en su expresión el bizarrismo de la belleza ideal. Sus pinturas alborotan a los señores con los desnudos de senos erectos, nalgas titilantes y vaginas en tic tac, más desnudas y en flor en el "Jardín de los Deleites".

En el homenaje a las embarazadas, Cuchaviva, su dios protector, es testigo de la gestación y parto de un nuevo ser. No le importa que sea hijo de señoritas bien, de vírgenes trabadas o desvergonzadas.

Las delicias del amor y el erotismo, con sus realidades y fantasías expresadas en el arte, permitieron dar a luz el Espíritu Erótico que todos llevamos dentro de nosotros en los genes y en las ganas.

Paz y amor

   
   
Darío Morales
Mujer desvistiéndose, 1986
Óleo sobre tela
Pedro Nel Gómez
Rapto en el Casanare, 1970. Acuarela, 57 x 79 cm
  José Rodríguez Acevedo
Desnudo, 1928. Óleo
sobre tela, 105 x 72 cm
 

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