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El maestro Ignacio Ramírez, escritor, periodista, director de Cronopios, presentó en la Fería del Libro de Bogotá La dama del guante verde y textos de otros colores, edición de la Universidad Nacional de Colombia, facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Literatura, Colección Viernes de Poesía, coordinada por Fabio Jurado.

Las ilustraciones del libro son del pintor primitivista Antonio Samudio, y los textos de Ignacio, fabulosos y reales, cuentan sus amores “con las mujeres de agua que se le fueron por los dedos” y sus andanzas por los espíritus esquivos y cercanos de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Salvador Allende. También hablan de sus vivencias por el planeta y de sus aventuras con los grandes maestros del arte, la libertad y la vida. Un libro muy sabroso de leer, lástima que sea tan corto, pues queda uno con ganas, como quedan los amantes después del primer intercambio de orgasmos.

A continuación reproducimos el Monólogo del perplejo.

Aparte de aspirante a Cronopio, leo y escribo antes aún de que aprendiera a leer y escribir (¡que todavía no aprendo!). Agito banderas de unión entre los hombres y mujeres de palabra para demostrar que la mayoría de los colombianos somos gente de paz y estamos en la obligación de integrarnos para aplacar a los violentos. Confío en los creadores que trajinan donde quiera que estén.

¿Si no se cree en crear, en qué se puede creer? Soy trashumante y en consecuencia desbordado y feliz, aunque mi alma se esfuerza mucho, aún con el cáncer hurgándome los vericuetos de la piel y la diabetes agridulzándome los ojos y las uñas de los pies.

Del hígado ni hablo porque palpita duro y difícil como si fuera un corazón en el estómago. Ahora que soy flaco como un junco raquítico me considero un hueso duro de roer.

La foto que escogí para ilustrar este soliloquio me la tome yo mismo a bordo de una góndola en Venecia.

 
Ignacio Ramírez
 

Fue toda una aventura porque como andaba sin trípode tuve que colocar la cámara en el sombrero del gondolero y programar el autodisparador como si se tratara de un bumerán de sombra, de tal manera que tendrán que perdonar los patentes claroscuros provocados por el sol en los reflejos del agua temblorosa (Nótense las siluetas bamboleantes).

¡Ah pobre Ugo el gondolero! Lo recuerdo remando y a la vez cantando funiculí funiculá y tratando de no mover la cabeza para que la fotografía saliese más o menos.

Por eso la puse ahí, pues me recuerda el aire del puente de los suspiros y no sé por qué razón también la cintura de una mujer que amé en el agua en una playa de Acandí.

Tengo mil fotos que también podría incluir para dejar en claro mis relaciones con Carson McCullers, Clifford Odets, Sherwood Anderson y Alas Biddlebaum, Becket y Michael Ende y Howard Fast, entre infinitos.

Me gustan las palabras Rocamadour y Talita y Catala y Verano y por eso tanteo con el Julazo en los sueños y urdo recuerdos falsos con la maga en París, o aquí, a la vuelta de la esquina, en la plaza del Chorro de Quevedo, donde a veces me quedo un día completo viendo pasar lo rutinario, esa puesta en escena que no cesa.

Recuerdo a un alcatraz de nombre Pablo, a Glicerio Pana filosofándome en el Cabo de la Vela, a Eustorgio, el raicero de Guarando, a las gemelas chocoanas que iban cantando Atrato arriba, a todos los animales de la selva compartiendo maíz pocos minutos antes de una lluvia de estrellas en el Amazonas.

Bebí loa libertad en fuentes milenarias y aprendi a vivir entre los árboles con Italo Calvino.

Ahora ausculto a Saramago y me gusta encerrarme a leer toda la noche y todo el día y la noche siguiente y los días y las noches que siguen.

A veces salgo a la ventana y pienso en las mujeres de agua que se me fueron entre los dedos.

Me gusta casi todo, especialmente los escritores aprendices y el desparpajo de las muchachas generosas y espléndidas que me consienten y me untan cremas en la espalda y la devoción de las damas otoñales que llenan de hojas secas la cama donde siempre sueño y nunca duermo.

Me gusta la poesía que siempre me acompaña.

Conozco el mundo como la palma de mi mano aunque bien sé que nadie conoce la palma de su mano.

Tal vez conozco el mundo como la planta de los pies de las mujeres que vienen a buscarme para que les lea el futuro y acaban confesándome el pasado.

Gozo y respiro las palabras de San Juan de la Cruz, pienso siempre en Quevedo y en su soneto del amor más allá de la muerte; me regocijan El Bosco y Modigliani, igual Bukowsky o Celia Cruz, Van Gogh o Gómez Jattin, el unicornio y el piojo.

Y me palpo la piel y aceptó que no soy más que un esqueleto jubiloso con ganas de cantar como si fuera el tempranero gallo de algún libro.

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