Me acosté a leer y cuando ya estaba empezando a soñar con las hermosas venezolanas que inundaban la isla llegó el maestro a interrumpir mi viaje.

Me cambié de cuarto, dormí hasta cuando llegó el titular de la cama a las tres de la mañana. Era el cantante que representaba a Venezuela, de apellido Lasso, un mechudo muy buena persona, muy simpático. Para no joder más me fui a dormir a la playa. Desperté a las once de la mañana, insolado y con unas ampollas que todavía acarician mis recuerdos.

Mientras rumiaba mi destino incierto observé a un personaje con una de las pintas más bellas del universo, era el sonriente Samuel Ceballos y estaba en todo su esplendor.

El cantante y compositor venezolano, a quien le encantaba la libertad y el desorden, se convirtió en  mi cómplice y amigo. Era muy loco. Cada cantante debía interpretar dos temas distintos, uno cada noche. La primera noche mi amigo interpretó una canción de su autoría que decía, entre otras cosas: “Hermano colombiano, une tu ideal al mío contra el peligro”.

Angelita, la cantante inglesa que San Gonzalo Arango conoció en San Andrés por la época del Festival de la Canción Protesta.

La segunda noche debía cantar otro tema, pero como a él le gustaba el desorden repitió el de la noche anterior. Y los organizadores del Festival de la Canción Protesta protestaban por que no cumplía las reglas. Y lo expulsaron.
 
Ese mismo día se robaron la taquilla. Tal vez tuvo que ver en algo la maldición gitana que les había echado a los organizadores un muchacho cuyas piernas estaban pletóricas de ampollas.

También me acuerdo mucho de Rodrigo Álvarez, compositor, cantante, poeta, loco y borracho. La primera noche interpretó la canción del amigo sonriente, luego se fue a la playa donde bebió y cantó toda la noche, y toda la mañana, y toda la tarde, hasta que entró en trance hipnótico y se dirigió a beberse el mar, y que el mar se lo bebiera a él. Menos mal no lo dejaron ahogar.

En 1972, en el Coliseo Cubierto de Barranquilla, se realiza el tercer Festival. Ya no se llama de La canción protesta sino Festival de la Canción Libre Coco de Oro. Los directores eran Leonardo y Alfonso Lizarazo quien por la época era el director de Radio 15, y tenía un programa de televisión en el que presentaba cantantes, y era el chacho, tan chacho que se inventó, en 1973, el programa de televisión llamado Sábados Felices que dirigió por muchos años, y llevaba escuelitas en su corazón a muchos pueblos de Colombia, y desfilaba en carros de bomberos con los actores chistosos, y hacía política, y fue senador, y no hizo nada, y desapareció.

Las muchachas llenaban las alcobas de los integrantes del festival y se entregaban sin descanso y con mucho frenesí. Como buenas andróvoras se tragaban el espíritu erótico de todos aquellos que tuvieran un sexo eréctil.

¡Que épocas aquellas! Recuerdo a entre los participantes del Festival a los directores de orquesta Armando Velásquez, Carlos Moreán, Arturo Astudillo y Jimmy Salcedo, a los cantantes Billy Pontony, Ana y Jaime, Elia y Elizabeth, Emilce, Christopher, Luis Gabriel, Fausto, Mario Gareña, Oscar Golden, Gracián de Ecuador, Nilsa Candelaria de Puerto Rico, Rubén Amado de Argentina, Gimeno de Venezuela, y Pablus Gallinazo y Leonel Gallego, los triunfadores.

En este festival conocí a Gallinazo, de lejitos. Yo lo admiraba por componer canciones muy bonitas como Boca de chicle y Mula revolucionaria y Principito gamincito. Me acuerdo que andaba muy bien acompañado por una muchacha que posteriormente se suicidó.

Pablus con su cuerpo gigante y su espíritu guerrero y altanero irrumpía en los ensayos a las diez de la mañana. Cuando Leonardo le decía que su turno de ensayo estaba programado para las tres de la tarde, Pablus, la vedette, le respondía que si no lo dejaban ensayar de inmediato se retiraba del Festival. Y era la vedette pues Una flor para mascar era una de las canciones más populares en ese momento. Hay un niño en la calle y un diamante en un baile era  una de sus canciones para este Coco de Oro, era la favorita del público.

Pero como a todo Goliat le aparece su David y a todo Aquiles su Paris, a Pablus le apareció un contendor.

El festival se había organizado desde Bogotá en la oficina de un contador con quien yo trabajaba ayudándole a llevar las cuentas de algunos restaurantes y talleres de carros. Era muy buena persona, y yo le gustaba, pero era muy tímido y bastante respetuoso. Sólo se enteró que su oficina era la oficina del Festival cuando la prensa informó la dirección y los teléfonos a los que podían comunicarse los interesados al respecto.

Leonel Gallego y Pablus Gallinazo.
 
Pablus Gallinazo.
Fotografía tomada de la Revista Coco de Oro 73
 
Leonel Gallego, un muchachito de Medellín que componía canciones protesta, quería participar en el Festival, pero era un pobre diablo y los señores directores no aprobaron su participación, por eso, porque era un pobre diablo.

Sin embargo Leonel se apareció en la ciudad de Barranquilla implorando que lo dejaran cantar. Y de nuevo los señores directores le negaron la oportunidad. Y el muchacho tenía una canción que hablaba precisamente de la exclusión, de las recomendaciones, de las fotos, de la experiencia. Le contaba su drama a los periodistas, a los jurados, a los cantantes, a los músicos, a las muchachas, a todo el mundo. Alguien, creo que fue un periodista, y en el Festival estaban algunos de los más duros, le ayudó a redactar una carta en la que solicitaba a los directores que lo dejarán participar en el Festival de la Canción Libre, carta que también fue firmada por los comunicadores, los cantantes, los músicos, las muchachas. Y los medios de comunicación, radio y prensa (por la época no existía el sistema de transmisión por microondas en televisión)  publicaron el derecho de petición, y contaron la triste historia del muchacho, y todo el mundo presionó y presionó, hasta que los señores directores cedieron.

Y ahí fue Troya. Todo el mundo quería ver competir al muchacho contra la vedette. El Coliseo Cubierto de Barranquilla estaba hasta las tetas. Y afuera había mas de tres mil personas (el coliseo tenía capacidad para unas seis mil) que no habían podido ingresar. A Leonardo y a Lizarazo le brillaban los ojo$ por el éxito. Y al administrador del coliseo también. De pronto alguien se dio cuenta de que la boletería estaba falsificada. Era tan fácil, estaba impresa a una tinta. ¡Y en Barranquilla! Cuando capturaron a un vendedor de boletería falsificada resultó que trabajaba con el administrador del Coliseo.

Ese día el muchacho interpretó su canción que protestaba contra la discriminación a que eran sometidos los compositores y cantantes del montón. Fue el éxtasis, fue el más aplaudido, y su canción era una de las finalistas. Esa noche Pablus entregó el trono de vedette al tal Gallego.

Y en la noche final Gallego se ganó el Festival. Pero el primer premio fue para la canción de Pablus, y el segundo para la canción Por favor sonría compuesta e

interpretada por Luis Gabriel, el artista más popular, mi compañero de internado en el San Bartolomé, en 1965. Y al pobre Gallego, el ganador del festival, le dieron el Premio “Corazón de Barranquilla”. Por eso es que me encanta la libertad y el desorden.

Gallego nunca volvió a sonar. Fue estrella de tres días. A Pablus lo volví a ver en Neiva, y en Calarcá, participando con Jotamario, Elmo y Eduardo Escobar en presentaciones de nadaístas. Y luego cantando para apoyar la campaña del político Humberto de la Calle, y por ahí.

Al poeta Jotamario me lo presentó, a mediados de los ochenta, el maestro Jaime Rendón, el único hippie verdadero que ha existido en este país de mimetismos culturales. Todos los demás mechudos que se disfrazaban con la filosofía jipi eran tan sólo marihuaneros que hacían el amor libre sin amor.

El poeta nadaísta X- 504, publicó en la revista Nadaísmo 70 un texto donde explica por qué Dios adora a los jipis y dice así:

“El hippie en lugar de querer tener algo más cada día, procura tener cada día algo menos. No es la pobreza sino la sabiduría.

No es extraño que estos jóvenes estén iluminados por un espíritu santo.

Como los filósofos, son difíciles de comprender, por eso las nuevas verdades se rebelan a sencillos apóstoles y profetas. Mientras los hippies al llegar en son de paz, con sus flores, músicas y colores, son invencibles por el hecho de no entrar en la guerra. Y cuando sean tantos como los chinos, hundirán con su sólo peso el mundo. El mundo si se hace con flores. Al menos Dios lo hizo con flores; Dios no hizo la bomba atómica ni los policías.

Los hippies han abolido la tristeza y la mezquindad, eso es lo que a ustedes más les duele”.

De Jotamario había leído el poema Santa Librada College, me identifiqué con ese muchacho apenas lo leí, pues yo tampoco le debo nada a ninguno de los colegios que me embrutecieron y que trataron de moldear mi espíritu rebelde asustado por la impotencia de la infancia.

Jotamario Arbeláez
 

Cuando se fundó el nadaísmo en 1958, yo tenía 8 años y asistía al Colegio de las monjas de la Presentación en Sogamoso, la tierra del dios sol, donde cursaba el tercero de primaria. De la únicas lecturas que me acuerdo son las de ese maldito Catecismo Astete  cuyas preguntas debía responder uno como lora descerebrada, y las mitologías de los dioses judeo-cristianos que nos inoculaban con aire conductista, y precisamente en la tierra donde reinaban Xue, Cuchaviva, Bochica, y todos aquellos dioses tan cercanos y queridos por los muiscas cundiboyacenses. Y me acuerdo del Gimnasio Sogamoso, un maldito colegio donde un hijo de puta profesor cojo me dio una cachetada por estar elevado, un colegio donde el rector castigaba a todos los alumnos porque se le daba la gana, y les pegaba con una regla de madera sin distinguir a culpables de inocentes.

 
   
 

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