LAS ESCRITURAS DESDOBLADAS

Por Eduardo Escobar

Hay muchos nadaísmos: cada cual hace lo suyo como puede. Para unos, el nadaísmo fue de caminos vanidosos; para otros, un crimen vulgar, bohemia y paranoia; para unos pocos, la puerta de la cárcel, camas, prostitutas, disolución, despilfarro de la pobre vida; para muchos, la ventana del suicidio, un revólver desajustado. Los menos tomaron el rumbo caliente de las guerrillas. Los peores, quizá, se dedicaron a la poesía y a la pintura, o a escribir novelas. Y los más inteligentes se convirtieron por una extraña metamorfosis en arquetipos del obsceno hombre doméstico contemporáneo. Sólo son comunes a todos los nadaístas la amistad, que resistió ya tantas flaquezas, el gusto por el escándalo, la alianza contra los mismos odios y la coincidencia en los grandes amores. El nadaísmo de Gonzalo Arango se me presenta como la expresión de una división del alma: oscilaba entre la compasión y la crueldad, los apetitos carnales y las inclinaciones al ascetismo, entre la pasión guerrera y las visiones de la paz, la voluntad de poder y el desasimiento, entre el nihilismo y la fe, el vicio y la virtud, la fe en la poesía y el desprecio por las palabras. Es comprensible que sus amigos terminaran contagiados de esa tensión que convertía la libertad en laberinto de dudas y rodeos, rectificaciones, equivocaciones y malos pasos, de lagunas, reflexiones, irreflexiones y perplejidades…

 
Lo que mejor hicieron los nadaístas en consecuencia y durante casi veinte años, fue contradecir y contradecirse, yGonzalo Arango, maestro en el arte del camuflaje, mantuvo bien provisto de posibilidades su ropero: hizo de lírico y de profeta, de feliz reconciliado, de marginado rencoroso, de truhán, de santo, de payaso, de cínico, de humilde servidor de las causas del mundo. Vivir sin salvavidas, fue la consigna que pasó…: de isla en isla, piráticamente.

Gonzalo había vivido en Andes una infancia montañera con inocencia de guayabas, escapado de la escuela a los campos de nubes. Luego, se fue a Medellín. Allí perdió su virginidad intelectual, según él mismo cuenta, “con una novelita de un tal Lamartine”, y cierto día creyó encontrar en el dictador, como tantos entonces, al salvador de la patria. Todo termino en decepción. Escapó a las selvas chocoanas. Y vagabundeó entre negras hambres, incertidumbres y sequedades, le ocurrió la pregunta: ¿qué tenía? Nada. ¡Nadaísmo!

Conocí a Gonzalo Arango en 1958. Yo recién salido de un seminario de misiones y sin ganas de nada, me arrastraba por ahí… en ese tedio opaco que llaman hacer bachillerato, en Medellín, Colombia, por más señas, una ciudad por donde el diablo se paseaba todavía después de las ocho de la noche y donde la vida –si puede llamarse vida ese pasar pálido y pobre- se reducía a trabajar y cepillarse los dientes cada mañana con fatiga, y el único futuro era casarse para morirse calvo y gordo, estragado de vanaglorias y ganancias, aplastado por una severa estructura patriarcal que lo controlaba todo, pensamientos y pasiones, la embriaguez y los besos, todos los vínculos reales. En esa ciudad, había dos opciones: la muerte o la locura. Muchos se quebraron contra el escollo de este insoluble… Era un juego de todo o nada. Romper el cascarón.

Oscuramente, en brumas de un perfume indefinido, como forma impalpable, intuíamos una revolución de las ideas y las costumbres, de la mente y la cultura, urbana y campesina, fantástica y simple, social-sexual, del arte y del lenguaje, de la vida total, de la física y la metafísica, patafísica, arrevesada, concreta, imprevisible, la Revolución de los Cielos Terrestres que soñaron profetas y poetas, dementes y videntes… y que parece siempre tan lejana…

Los primeros años de Nadaísmo fueron una aventura frenética desbocada de excesos y todos los desatinos estaban permitidos. Ofrecimos violencia delincuente contra la moral, los valores establecidos, las farisaicas virtudes burguesas, las alienaciones casposas de los maestros de la literatura, la farsa de los sabios, y demás aberraciones y consecuencias de la mal inventada historia de Occidente… Todo fue sometido al fuego en salvas de la burla y el irrespeto: la mejor obra del Nadaísmo (y de Gonzalo Arango) son estas ruinas que sobraron. En el temblor apocalíptico que nos tocó por herencia fuimos más bien una banda de cazadores de cabezas que una capilla literaria. Si escribimos libros, fue por pura casualidad. Ellos son testimonios de nuestra ruptura con la muerte, mejor dicho con las estructuras de poder imperantes en la sociedad actual, que enferman, hielan y matan el espíritu de los hombres y anulan en ellos posibilidades vivas, la fantasía, la imaginación libre y la auténtica creación. El alma sofocada pedía un cuerpo para respirar el mundo.

En este tiempo plagado de indolencias pragmáticas se nos exige ante todo trabajo y compromiso, deberes compulsivos; en este siglo hecho para las marchas forzadas, las fatigas acosadas y la urgencia sin indulgencia, se nos pide: permanencia. A nadie se le perdonan los fugaces placeres de su vida ni que haga dulces sus pocas cosas simples. La consigna es: producción: La contemplación es un derroche inaceptable. La poesía pura del sentir, una pérdida de tiempo. Luz, cámara, acción, son los gritos de moda. Por eso nos gusta tanto el cine. Es nuestro invento.

A pesar de los libros de cuentos, obras de teatro, novelas, crónicas, panfletos, antología, manifiestos, poemas (para no contar las acciones y las inacciones) a los nadaístas se nos hostigó con especial saña en ese sentido. ¿Dónde están las obras? Pero la vida de un poeta no se compone solamente de escrituras desdobladas. Ser poeta es sobre todo una manera de relacionarse con el universo, una forma de perturbar el orden riguroso del mundo, de asumir la piel viva. El asedio al lenguaje para despojar las palabras de la costra inmunda que se les adhiere en los usos cotidianos, no es más que uno de los aspectos que el oficio de poeta supone…

Por eso, las drogas duras y blandas, el asesinato y el incesto, el homosexualismo, la pederastia, todas las perversiones sado-masoquistas que registran los patólogos, y también el atraco a mano armada, el hurto, las violaciones del Código Penal sin excepción, leves y graves, fueron exaltadas en el Nadaísmo más allá de su valor puramente literario. Así, se juntaron a nosotros algunos prestigiosos bandidos que hicieron bastante por nuestra mala fama: con ellos experimentamos con amor y deprecio el barro hediondo del mundo. En el corazón de lo profano. La aventura no era meramente literaria. No nos bastaba con quebrantar la sintaxis ni con disolver la ortografía: había que romper las capas sucesivas del cerebro como una cebolla, coquetear irresponsablemente con la locura, arrancarle a la lógica su médula podrida. Y para conseguir estos propósitos estaban permitidos cualquier desden o desmán, los innumerables caminos e imposibles que flotan entre la santidad y el crimen, entrae la traición y la fidelidad, entre la pasión y la indiferencia.

Imposible describir estas experiencias poético-místico-delincuentes, ni sus resultados finales –y que a veces pueden provocarse artificialmente-, pero debo decir que la trama del susurro taje la magia del cuerpo –isla contrapuesta a la realidad encantada- a la cual realidad se llega por el sacrificio y el despojamiento, conscientes, hábilmente soportados y corriendo todos los riesgos, pero a la cual nadie accede por las vías trilladas ni por el confort de los mediocres opios modernos, dinero, comics, fútbol, televisión, pornografía, cine de masas… Ni la literatura.

Fragmento de la Introducción a Correspondencia Violada.

Eduardo Escobar nació en Envigado en 1944. Ha publicado trece libros de poesía y una novela.

Texto Cortesía Fundación Casa del Nadaísmo.

 

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