Fue un martes 13.

Me encontraba en un bar cercano a la universidad bebiendo sifón y hablando mierda con el negro Billy, barítono en el canto, cuando se nos acercó un hombre con paso de buitre a decirnos que en la plazoleta de San Ignacio los estudiantes estaban quemando sus libros. ¿Y eso a que venía? ¿Cuál era el significado del mensaje? Le miramos la nariz en forma de pico y seguimos conversando. El ave de mal agüero, de pantalones negros y gastados por el uso, después de haber cumplido con su deber de anunciador de acontecimientos batió las alas y desapareció.

Acostumbraba ir a ese lugar porque Circe, una copera como una sandía, había
prometido llevarme aunque fuera de las narices hasta su arrebatadora intimidad. Yo le decía: Quiero conocer tu alma de pecadora, tus cicatrices y sentir en mis labios tus besos de fuego. Ella me contestaba: Te besaré cuando tenga tiempo, últimamente he estado muy ocupada, no te impacientes, muy pronto conocerás los secretos de mi cuerpo. Pero aquella tarde, martes 13, del mes más caliente del año más bello que haya pasado por Medellín, ella, quizás presintiendo que un profundo cambio se iba a operar en mi vida, no se presentó a cumplir con su sagrado deber que consistía en servir
Elmo Valencia El Monje Loco.
Cali 1926.

vasos de sifón, limpiar las mesas aunque fuera con la lengua, sacar al último borracho que por lo general no quiere pagar la cuenta, y, claro, lo más importante: irse a dormir acompañada de un fantasma o un mancebo. En definitiva, Circe era una de esas puticas que muy de vez en cuando produce la Santa Logia de la Perdición.

Seguíamos sumergidos en el monótono diálogo que desde temprano habíamos comenzado y que parecía no acabar nunca, más precisamente yo me estaba secando la espuma con una servilleta mientras Billy se contradecía, cuando de repente irrumpieron en el bar unos jóvenes escandalosos. Se sentaron y comenzaron a hablar en voz alta.

Por las primeras palabras saqué la conclusión de que eran los jóvenes estudiantes pirómanos. El líder era un joven delgado, de pelo largo y mediana estatura, que vestía bluyines, buzo negro y en la tetilla izquierda, columpiándose, un ratoncito disecado. Para mí, ese animalito era la imagen de la peste, el símbolo negro del agusanamiento de la carne.

No tardamos mucho tiempo en saber quien era. Se llamaba Adán y le decían profeta. Hablaba con voz pausada y decía cosas tan extraordinarias que, cuando menos pensamos, estábamos sentados en su mesa. Allí oí algo que me sacudió los huesos, estos pobres huesos míos: Les advierto que no seremos la clase de hombres que resuelven los problemas del espíritu en un confesionario ni con pastillas de Nembutal. Esa era la alternativa de los místicos y los románticos. Nosotros vamos a vivir con furia y frenesí, con exaltación y lucidez. El mundo maravilloso que reclamamos para nuestro sueño va a ser creado por nosotros de la nada, de la ruina de esta sociedad decrépita y podrida, a la cual no le pedimos comprensión ni piedad ni le enrostramos la culpa de nuestros fracasos.

Se paso la mano por la cabeza como tratando de agarrar las ideas, momento que aprovechó para beberse la mitad del vaso de sifón y continúo: Si nuestros antepasados no nos dejaron una herencia que se acomodara a nuestra sensibilidad y a nuestros apetitos, si no nos legaron el mundo en que nos habría gustado vivir, no por eso estamos condenados s hacer de nuestra vida un acto de nostalgia por ese mundo perdido, o un acto de evasión hacia el sueño mentiroso de un mundo prometido. Los antepasados hicieron su vida de acuerdo con la moda. El mundo de nuestra elección tiene que ser creado por nosotros, en el presente y con nuestras manos, a imagen y semejanza de nuestros sueños, a aliar a todos a la voluntad regocijada del vidente para que este mundo no se lo roben ni exterminen unos pocos traficantes de moral, de política y de vida eterna.

Todos lo abrazamos. Pedí más sifón para la mesa. Billy no salía de la sorpresa de ver un hombre tan iluminado con la palabra. De la emoción quería cantar, pero yo le dije que dejara el canto para oro día, que viviéramos del frenesí de las palabras emitidas por el nuevo profeta. Era un lenguaje diferente. Oyéndolo, mis ojos lograron un nuevo brillo que hoy, a pesar de el tiempo que ha pasado, todavía llevo como fiel testimonio de ese primer encuentro con el hombre que habría de darle una vuelta de  tuerca a mi vida. Tenía magia y timidez, extraño cóctel para dinamitarle la conciencia a un fracasado vendedor de seguros como yo.

Se trepó a la mesa y exclamó: En nombre de Zaratustra, dejo fundado el Nadaísmo. Los invito a ser dioses sin dejar de ser hombres. Ante esta afirmación incline la cabeza y creo que quedé como el perro de la fotografía publicitaria escuchando la música que sale por la bocina de un fonógrafo antiguo. Me impresionaron tanto sus palabras, sobre todo la invitación a ser dioses sin dejar de ser hombres, que volví a darle un fuerte abrazo mientras le decía: Acepto la invitación, cuenta conmigo.

En aquel momento decidí estudiar el Nadaísmo, pero el tiempo me convenció que era imposible, que es más fácil estudiar en el anfiteatro el cadáver de un desconocido que nadie sabe quien lo ha llevado ni porque esta allí. Solamente había que absorberlo como si fuera coca. Y como si lo dicho fuera poco, remato con estas palabras: El Nadaísmo no ofrece soluciones, sino dudas, pues la duda es un principio creador. Miré a mi alrededor. Descubrí emociones contenidas que en el momento de las libaciones estallaron en el choque de los vasos, rostros contraídos por el impacto de las frases luciferinamente corrosivas, caras subterráneas inundadas por subterránea complacencia al recibir en carne viva el impacto del hombre que escupe sobre los antiguos mitos y no cree en nada. No creo en nada, ni en mí mismo, respondió a una pregunta de Billy.

Antes de irnos, Adán, que había visto en mí un posible discípulo, me pidió que lo bautizara como Profeta de la Oscuridad Nueva. Accedí. Nos levantamos de los asientos. Le dije que inclinara un poco la cabeza y, lentamente, sin que me temblara el pulso, fui dejando caer en su corona cubierta de pelo un chorrito de espumoso sifón helado. Y estaba terminado el rito, mirando la caída de la última gota, cuando en nombre tal vez de viejas ideologías y piadosas morales, aparecieron en el bar seis jóvenes armados de gruesas correas de cuero. Nos miraron con rabia y, sin decir una sola palabra, comenzaron a latigarnos, a trompearnos y a patearnos, como si hubieran recibido consignas muy claras y definidas de acabar con nosotros. Billy, que en ese momento estaba como medio dormido, recibió una patada en el estómago. Yo me vi dando vueltas en el aire como un ventilador, y al Profeta, de tremendo puñetazo le hicieron vomitar una moneda de oro el día que creyó que su espíritu estaba en bancarrota. Apenas los bárbaros se fueron, comenzamos a inventariar nuestras pertenencias. Alguien dio un grito y dijo que le faltaba un ojo. No era cierto. Simplemente lo tenía tapado. Otro dijo que le faltaba un diente: minutos después el dueño del bar lo encontró en la registradora confundido entre los billetes grasosos. A pesar de los golpes que Adán había recibido, me asombró el pleno dominio de sí mismo. No se quejaba de nada, ni maldecía como nosotros. Tomó la palabra: Probablemente los que nos golpearon volverán, pero no aspiremos a triunfar sobre ellos, ni a matarlos, porque ya están muertos. No aceptemos ninguna victoria que no sea una victoria sobre nosotros mismos. Ni nos dejemos intimidar, porque cuando regresen a hundir en nuestros estómagos sus navajas automáticas ya estaremos muertos en vida.

Sonreímos. ¿Qué más podíamos hacer? Luego, examinando la moneda, me dijo: Guárdala. Pero si algún día tienes que deshacerte de ella, no te la tragues, no sea que te pase lo que ahora me acaba de suceder. Le agradecí el regalo y guarde la monedita con gran cuidado en el bolsillo. El dueño del bar apagó la luz y nos echo a la calle. Ni siquiera preguntó por qué nos habían golpeado. No tarde en darme cuenta que el nadaísmo comenzaba a ser peligroso, y esto, según el código de la sociedad en que flotamos, tenía su castigo.

Fragmento de la novela Islanada.

Texto Cortesía Casa del Nadaísmo

Elmo Valencia nació en Cali, en 1926. En 1960 ingresó al nadaísmo caleño cuando regresaba de graduarse como físico electrónico en USA. Ha publicado el volumen de cuentos El Universo Humano y la novela Islanada.

 

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