Fundé el nadaísmo para  tener una cama, y sobre la cama una mujer, y sobre la mujer el cielo. Pero sobre todo por una necesidad terrible de amar y ser amado… Y no me disculpo por poner el arte al servicio del amor.
1931 Andes (Antioquia, Colombia) – 1976 (Tocancipá- Cundinamarca-Colombia). Foto. Hernán Díaz
Obras

Sexo y saxofón, Trece poetas nadaístas, El oso y el colibrí, De la nada al nadaísmo, Providencia, Obra negra, Fuego en el altar, Los nadaístas, Los ratones van al infierno.
 
La pena y la gloria

Por
Jotamario Arbeláez

Toda ciudad es Gomorra, porque para
sobrevivir en ella, hay que prostituir a Dios.


Gonzalo Arango

Muerto y sepultado, descendió a los infiernos el 25 de septiembre de 1976. Varones ilustres y piadosos, esos mismos que se ofendieron por su afán desacralizador, comentaron en sus páginas fúnebres que debieran canonizarlo. En verdad, fue lo más parecido a un santo por su cara de palo, sus bendiciones a la vida, su renunciamiento a las pompas y los faroles y a sus actos fallidos pero sinceros en aras de la salvación del mundo. Para la hora de su muerte había apagado en su corazón la brasa satánica, y predicaba un raro catecismo de ascesis y desprendimiento.

Me parece hoy sentir a Gonzalo Arango haciendo crujir sus huesos en su campo de aterrizaje, porque su amigo el poeta Jotamario insiste en exponer sus cueros al sol de la eternidad, publicando esos textos perdidos que tanto conmovieron en su momento los pálidos corazones de su generación. Porque fue toda una generación la que este nuevo flautista de Hamelin atrajo hacia el camino que no conduce a ninguna parte, y aún no acabamos de llegar.

Si Gonzalo Arango en vez de pensador hubiera sido asesino como Barba Azul, ladrón como Genet, traficante de armas como Rimbaud, para no hablar de otros delitos no por atroces menos impunes, no habría dado con su saco de huesos en la cárcel en tres ocasiones, para enfrentarse a las terribles torturas físico- patológicas que se dan en nuestras guandocas. La sociedad medellinense y  la apatía nacional permitieron que nuestro profeta se fuera de bruces contra la sordidez del hampa criolla en purgación de penas, por el delito múltiple de haber concebido, redactado, firmado lacónicamente por LOS NADAÏSTAS; impreso en mimeógrafo y distribuido en una sesión académica un manifiesto cagado en contra de la solemnidad vociferante de whisky con agua bendita de los escritores católicos del sacro lar, en la por entonces ciudad de la eterna primavera y no del verano sangriento. Menos mal que la voz vibrante de Alberto Zalamea en un editorial de la Revista Semana y las gestiones de abogado de Alberto Aguirre lo salvaron a tiempo de ser pasado por las armas de los atorrantes, aunque no alcanzaron a impedir que fuera despojado de la pana de su chaqueta.

Pero como no hay condena que dure cien años ni escritor que se resista a la tentación de contar su experiencia, el trauma carcelario de Gonzalo, que tantas secuelas dejó en su buena memoria, le sirvió para escribir estas 200  páginas por encargo para el semanario Contrapunto de Jaime Soto. Este defensor de la moral y la fe pública se echo la bendición, se lavó las manos con jabón Pilatos, pero publicó puntualmente los 16 capítulos del folletón hasta que a la propia revista le pusieron su tatequieto. Con el producto de su prosa tuvo Gonzalo para comer durante cuatro meses lo que no comió en prisión. Y de paso aprovechó para enjuiciar a Colombia y a sus jueces y carceleros. Ocasión feliz además para escribir algunas de las mejores páginas elegíacas del idioma, como las dedicadas a su padre caminando de madrugada por las calles sin Dios con una maleta, las patéticas dedicadas al sacrificio de Raskolnikoff, su lobo pulgoso, o aquellas socarronas de emocionada gratitud hacia El Barroso, su defensor eficaz contra los conatos de violación y posterior ejecución de los hermanolos.

En 1972 Jaime Jaramillo Escobar me hizo donación de sus celosos Archivos del Nadaísmo que él había compuesto y guardado con su proverbial rigor durante los 13 años que llevaba el “inventito” en funcionamiento. Carpetas rotuladas año por año, periódico por periódico y poeta por poeta del movimiento, y naturalmente la obra publicada en prensa y revistas por Gonzalo era la más copiosa. Con ella preparé la antología de la obra iconoclasta del profeta, publicada por Carlos Lohle en Buenos Aires en 1975, que hoy se vende en Medellín como bazuco en la puerta de una escuela en impecable edición pirata bajo los semáforos. Trataba con este libro titulado Obra Negra, en momentos en que se nos resbalaba hacia una literatura de salvación y preñada de buenas nuevas, de rescatar para el mundo que iba quedando atrás la parte de la obra que los nadaístas remachados considerábamos eficaz de nuestro demoledor amigazo.

Dentro de esas carpetas venían las páginas recortadas con la crónica integra –aunque a decir verdad interrupta por la quiebra editorial- del paso apabullante del profeta por ese infierno que los presos llaman La Ladera. En otra carpeta aparecía una hoja con el tronco de Gonzalo pintado por Fernando Botero, su compañero en la ciudad de Antioquia y Lovaina, que se había quedado en turno de publicación en la revista Nadaísmo. Con el producto de la venta de esa hoja, que días después descubrí en la casa de un pintor avaluada en varios millones, pagué tres meses de arrendamiento de una choza en el Parque Nacional, compre una máquina de escribir igualita a la del profeta, que le envidiaba, dispuse para el alimento y me dediqué de lleno a pasar en blanco la mentada Obra Negra.

Han pasado casi 20 años –de los cuales el profeta lleva 15 en la eternidad-, y aquí estoy otra vez sentado sobre las mismas posaderas, frente a la máquina de escribir original de Gonzalo Arango que terminé por heredarle, preparando la edición de las Memorias de un Presidiario Nadaísta. Como en aquellos día, los ojos se me llenan de nubes al contemplar en perspectiva esta generación nadaísta que la vida se ha ido llevando en los cuernos. Ya empitonó al profeta, a Amilkar Osorio y a Darío Lemos, y se abren las apuestas acerca de a quién apunta la próxima embestida.

Que en este libro vea Medellín como escarneció a su profeta. “Medellín, a la que tanto amo, por la que tanto muero”. Y cómo él, en medio de su amor la maldijo entre dientes tras las rejas de su alma. Y como no hay deuda ni pena que no se cumplan ni se paguen, somos ahora testigos del Karma humano. Una ciudad que condena a su poeta a la irrisión, está condenada a su vez a ser pasto de las fieras.

Jotamario Arbeláez,
Bogotá, 1991

Este texto fue publicado en el prólogo del libro GONZALO ARANGO - MEMORIAS DE UN PRESIDIARIO NADAÍSTA, Ediciones Autores Antioqueños, Volumen 65, Medellín, 1991. Colección auspiciada por: Instituto para el Desarrollo de Antioquia –IDEA-, Fábrica de Licores de Antioquia –FLA-, Beneficencia de Antioquia –BENEDAN-, Empresas Departamentales de Antioquia –EDA-.

Texto Cortesía Fundación Casa del Nadaísmo

 
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