PRESENTACIÓN DE JOTAMARIO EN LA SOCIEDAD POÉTICA
DE NUESTRO TIEMPO

Por Gonzalo Arango

Les presento a Jotamario, no un poeta cualquiera, sino el más joven gigoló de la poesía colombiana: 20 años, hijo legitimo de don Jesús Arbeláez, sastre de Cali con un pequeño taller que funciona en la sala de recibo de su residencia en un barrio obrero, donde se dedica a la pequeña industria para sostener a su innumerable familia, de la cual Jotamario es hijo mayor, y la mayor deshonra por su rara manera de existir, y por dedicarse a actividades tan sospechosas e improductivas como ésta de la poesía.

Jotamario es el mal ejemplo para sus hermanitos y el escándalo para los vecinos del barrio que a veces lo ven como un sonámbulo que viniera de habitar la metempsicosis, con su detonante borrachera, la mira iracunda, el alma pintada de rouge, y su estrella negra de elegido, símbolo de la enfermedad que padece, enfermedad mortal y divina como la peste.

Yo lo conocí hace 2 años en un bar de Cali, muy mesiánico él, leyendo El Capital de Carlos Marx, y redimiendo a las meseras con poemas de castidad. Por entonces, era el poeta de cabecera de lo que es hoy el movimiento “Pelusa”, y su misión consistía en en elevar memoriales líricos a las autoridades solicitando un alcantarillado para el barrio de Siloé.

El Nadaísmo, que  llegó a Cali precedido de la peor reputación y una aureola satánica con los diamantes negros de los Siete Pecados Capitales, tuvo el poder de conquistar para su causa a esta alma platónica y edificante, siendo la primera víctima de la perniciosa doctrina.

Jotamario, fiel a esta causa perdida, cometió el acto más inteligente al perder el sexto de bachillerato, y se convirtió por ese solo hecho en el líder indiscutible del incipiente nadaísmo vallecaucano.

Algunos tendrían mejores meritos que él, pero ninguno peores calificaciones en conducta, religión, urbanidad y literatura colombiana.
En este caso, el merito que exigíamos no era saber sino ignorar, y Jotamario se dio el lujo de ganarse todos los ceros del Santa Librada Collage.

Ahora se dedica a ejercer ad honorem la poesía, perdiendo un apreciable lucro cesante como sastre y enriqueciendo con su notable genio paranoico nuestra rebelión y nuestro Capital Poético…

¡Colombia ha perdido un sastre
Pero ha ganado un poeta!

Otros harán las bandas presidenciales, túnicas para los poetas laureados, fracs para los cretinos y los diplomáticos, capuchas para los verdugos, sotanas para los clérigos, uniformes para los generales, sudarios para los muertos, suspensorios para los impotentes, sostenes para las ubres de todos los padres de la patria que amamantan este país con leche de burro…

Jotamario no quiere saber nada de estas porquerías, y su frustrada vocación, a la inversa de vestir a la gente, la dedicará a desnudar a la Poesía, y a sus amigas, hasta sus secretos más recónditos.

Porque la poesía, esa vieja caduca y menopaúsica, se hastió ya de sus trovadores, y encontró en las calles convulsivas del siglo XX a este joven de pelo en pecho, que padecía de un ardor insaciable, y sin ningún prejuicio moral ni estético se le entregó, y fue capaz de violarla, ultrajarla, y casi matarla de placer y dolor, como si se tratara de una virgen de 15 años.

Desde entonces sus orgasmos se han repetido con la desenfrenada lujuria de una noche de bodas, y ha devuelto a la poesía colombiana, con su pureza, su locura y su joven furor, todo el estremecimiento y la belleza que ella había perdido en el lecho de gotosos amantes apegaminados, condecorados y coronados con el laurel de la infamia y la imbecilidad.

Como si un poeta fuera una reina de belleza, un mariscal, un príncipe, o una virgen de los dolores… Estos poetas coronados han confundido la Poesía con un ataque al corazón, y tiene un miedo mortal a la gripa porque les atrofia su capacidad de suspirar. Algunos se han creído poetas, y vivieron suspirando, y al morir se les dijo en su discurso fúnebre que habían muerto en olor de poesía, cuando en realidad murieron de asma.

Estos poetas han envilecido la Poesía, porque al acostarse con ella confundieron a la amante con la prostituta. Nunca fueron capaces de un exceso, de un extravío, de un éxtasis de locura, de pagar el amor libre con versos libres. Consultaban la paga en el Libro Negro de la Retórica donde aparecían las tarifas y los descuentos para pagar media hora de inspiración, un domingo de aburrimiento, un 20 de julio, una noche de nembutal… Y casi siempre fueron tan amados estos amadores que pagaban con una moneda falsa, una oda a la bandera, la letra de un bambuco, o con un discurso para la reina del cagajón.

Toda esta pléyade de impostores llegaron al colmo de la avaricia y el impudor, y al acostarse con la poesía la poseyeron con un condón por el temor de embarazarla, o de contraer las satánicas enfermedades del genio que le contagiamos Baudelaire, Rimbaud, Mayacovski, Elmo Valencia, Allen Ginsberg, X 504, Leandro Katz, Amílkar U y yo que le he contaminado mis treponemas pálidos y mis gonococos alucinados.

Esos poetas antepasados y pasados de moda se disculpaban en el acto de la creación alegando su inocencia y su virtud, y se sentían predestinados porque en lugar de ser silenciosos

usaban licencias
en lugar de ser libertinos
eran liberales
y en lugar de ser anarquistas
se decían hijos legítimos de Anarkos

Jotamario, el gigoló, el anunciado amante que viene a rescatarla de sus mercenarios adoradores, no ha tenido miedo y se ha lanzado en esta aventura de la Poesía, no para escribir con sangre las experiencias de sus bodas gozosas –lo cual puede hacer cualquier romántico que se corte las venas- sino llegando el caso, para adorarla fálicamente, restituirle su fecundidad, y elevarla a cielos demenciales con su sexo santificador.

Termino esta acusación sindicando a Jotamario de culpable de ser uno de nuestros poetas nadaístas más peligrosos, más revolucionarios, más íntegros, y apelo a las autoridades estéticas del F.B.I., DAS y de la Curia Metropolitana, para que sea conducido a los calabozos del Partenón, y sea condenado por atentar contra la belleza oficial, contra la virtud, contra la estabilidad de los valores sagrados y contra las tradiciones de la República.

Y lo acuso no sólo por conspirador sino por ladrón, pues revive en este siglo la fábula de Prometeo, de quien ha heredado la rebelión, el fuego de la creación y de la libertad, y por eso merece la roca o el patíbulo…

Y en caso de conmutárseles su pena capital por la prisión perpetua, yo pido que se le encierre con un retrato desnudo de Marilyn Monroe y las obras completas de Guillermo Valencia.

¿De dónde ha salido Jotamario? Pienso que lo han parido en un baile de negros, en los terribles hornos crematorios de purificación, en una revolución armada, en la probeta de un brujo, en el laboratorio de un alquimista con los metales más explosivos.

Yo no sé de donde salió. Pero me alegro que esté con nosotros. Y camine a nuestro lado con sus zapatos rotos dando la batalla por lo que merece ser amado o destruido.

Este poeta confeccionó en su laboratorio de mago la frase más inmortal del Nadaísmo. “Para nosotros la literatura no es un oficio sino un ocio”.

Asistimos al acto más bello y parasitario de su existencia.

Aunque no todo lo malo es nadaísta, pienso que esta poesía no les gustará. Eso basta para que sea buena. Su poesía no tiene la culpa de ser así. La noche también es oscura, la noche también es bella, la noche es ideal para el crimen y el amor, para la desnudez y la pureza. Su poesía es la noche de nuestra vida y del mundo en que morimos.
¿Cómo explicarles la presencia de este ángel nervioso entre nosotros?
Él se confunde con el misterio, y tal vez fue profetizado desde la cuna del mundo. Dejemos que su origen confuso se mezcle al origen inexplicable de la Poesía. Aporto un mínimo de claridad a este enredo, y les recuerdo una definición de Lautremont:
“La poesía es el encuentro de un paraguas y una máquina de coser”.
Tal vez sea esta la razón de que Jotamario, hijo de un sastre caleño, resulte ser uno de nuestros mejores poetas actuales.

Bogotá, 1961

Texto Cortesía Fundación Casa del Nadaísmo. 

 

Colegiala desnuda

Regresa la niña del colegio
Quien sabe que pensamientos oculta su cabellera negra
Seguramente el profesor calificó mal su tarea
Seguramente que le tocó los senos
Seguramente le prometió un confite
Regresa a su casa la niña que quería ser desencuardenada
Que gustaría ser repasada por un lector ávido de conocimientos
Regresa con el ánimo de despojarse de sus vestiduras
De estrenar su desnudo para ponerse cómoda
Para poder pensar sin problemas en la regla del tres
Regresa la niña del colegio con ganas de chupar un bombón
Y chupando bombón piensa la niña que debe haber algo más dulce
Y la sangre circula como miel por su panal florido
Y ella siente la voz del atavismo cosquilloso que le dice que para poder aprender hay
que despojarse voluntariamente de todo
Y deseosa de aprender ella se va quitando el vestido
Ese vestido de colegio que con tanto cariño le cosió su mamá
La blusa blanca de infinitos botones
La falda azul ajustada con un gancho de nodriza
Los zapatos del uniforme
Las medias tobilleras que escalan sus piernas derechitas
El brassier que contiene principios básicos de trigonometría
Los calzoncillos de amoniaco
Carpa bajo la cual acampa la prodigiosa respiración de la reina de Saba
Mosquitero de los deseos
Atarraya del poniente
Cabo Cañaveral del cohete carnal
La niña sabe que hay un cinco rayado en mitad de sus piernas
Un coño bien calificado
El honroso diploma con el cual se gradúa
profesional en el amor
Colegiala del alma
Míreme
¿Qué piensa hacer cuando esté grande?

(“Coitus Interruptus”)

 
Foto. MaReA

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