MEMORIAS DE UN PRESIDIARIO NADAÍSTA

Capítulo 1

Por razones nadaístas, a veces justas y otras no, he ido aparar tres veces en la cárcel. De eso hace varios años, y para reconstruir estas memorias lo hago con ayuda de la imaginación. Es más seguro decir que la realidad es algo inventado. Pues si digo que la realidad es verdad, me llevan a la cárcel por cuarta vez. Pero yo no soy santo ni bobo para sacrificarme por esa cosa tan falsa como es “la verdad” en Colombia.

Cinco años de delincuencia

Mi carrera de delincuente extraordinario empieza en la Bella Villa de Medellín en 1960, año del Jubileo. Hacía dos, en 1958, mis amigos y yo habíamos fundado el Nadaísmo, y después de los primeros aspavientos publicitarios, empezó su fulgurante estrella a languidecer. A pesar de nuestras cabezas alocadas, peludas y desafiantes, los antioqueños se resignaron a soportarnos sin trabajar, y nos fueron olvidando. Para nosotros era una iniquidad que la prensa no hablara mal del nadaísmo siquiera una vez al día. Esto nos puso furiosos. Por lo tanto, se imponía a marchas forzadas la necesidad de un milagro para resucitar el mito, pues ya los poetas del grupo se estaban “colocando”, y algunos decididamente enamorados amenazaban con casarse. Si no poníamos otra vez de moda el viejo famoso slogan de “somos geniales, locos y peligrosos”, entonces se consumaba la devaluación del nadaísmo como “revolución al servicio de la barbarie”.

¿Qué hacer?

Gonzalo Arango por Fernando Botero.
 
   

Ateos pidiendo milagros

Como siempre fuimos muy devotos y comulgadotes, le pedimos a Dios un milagro. A los pocos días sucedió. “El Colombiano” lo anunció a siete columnas en su página de “Vida Parroquial”. Allí leímos: “¡Medellín, sede del Congreso Nacional de Escritores Católicos!”. Los nadaístas nos miramos en silencio, y a pesar de que ya no creíamos en Dios “por la pica”, para vengarnos de la castidad y las torturas del Seminario-, le dimos las gracias porque se dignó escuchar nuestras plegarias.

Los Gerentes y la Curia iniciaron los preparativos para que el Congreso resultara muy solemne, según se usa en el pueblo antioqueño. Coltejer y Fabricato se disputaban con cartelones de trapo la propaganda, y de paso aprovechaban para recordar a los fieles que además de salvar el alma, buscaran el nombre de “Fabricato” en el orillo de la tela, o que “Coltejer” es el primer nombre en textiles.

El mimeógrafo de Carlos Jota

Entretanto, los nadaístas buscábamos un mimeógrafo por cielo y tierra para estampar nuestras cositas en un volante, pero nadie quería hacernos el favor. Nosotros decíamos que era para sacar unos poemas, pero nos mandaban con esa música a otra parte. Al fin fue uno de los poetas del grupo que trabajaba en Coltejer, el que arriesgó el empleo para sacar de noche el “Manifiesto Nadaísta al Congreso de Escribanos Católicos” en el mimeógrafo del primer nombre en textiles. Nosotros somos así, muy irónicos y con un alto voltaje de humor negro. Pero de esto y de todo era ignorante don Carlos Jota.

Al fin llegó el famoso día de instalación. Medellín se embanderó de sotanas de curas y de monjas. En todas las filiales de “Andi” y “Fenalco” se izó piadosa y mística la flamante bandera nacional, al lado de la antioqueña cuyos colores simbolizan: ¡Virtud y Trabajo! Era sobrecogedor. Los antioqueños y los nadaístas estábamos muy emocionados. Los escritores colombianos suspiraban felices como ruiseñores en la primavera de Junín, y el hotel Nutibara –el más oligarca de Medellín- despedía un aroma de convento medieval: poesía, concupiscencia y santidad.

En el bar, bajo los parasoles de la piscina, grupos de vates de todos los rincones de la patria susurraban y liquidaban botellas de whisky por cuenta de los industriales antioqueños, mientras sus miradas se extasiaban con beatitud en los traseros de las castas antioqueñitas que, ese día, como “por casualidad”, habían ido a la piscina a dorarse las excelsas virtudes de la raza, para inspirar a los idealistas poetas católicos. No es imposible que algunas de ellas se llamaran Teresa, en vista de la presencia de Eduardo Carranza, que precisamente se bebía todo el jerez de su madre España.

El Espíritu Santo en apuros

Ese día de gloria para la cultura antioqueña, “El Colombiano” había copado toda la edición con fotos de curas y poetas, y cada uno le decía en el saludo que era el mejor en su género. O sea, que este no era un concilio de poetas católicos, sino de poetas geniales. En fin, que bienvenidos a la cuna de la cultura católica, que era un honor, y que a nombre del inmarcesible pueblo antioqueño elevaban al cielo sus preces para que el espíritu santo iluminara sus cabezas y sus corazones, pues esos terribles comunistas y esos bárbaros nadaístas ni siquiera tenían papá.

(Yo no sé lo que pensó el pobre Espíritu Santo con semejante compromiso en que lo puso “El Colombiano”, pero si ÉL es inteligente como supongo, pienso que llamo  uno de los suplentes de la Santísima Trinidad para encomendarle el trabajito).

Yo personalmente no me enojé con el insulto de que no teníamos papá. Eso era más o menos cierto, pues el mío por fortuna ya estaba muerto. En cuanto a mi madre, que en paz descanse, si estaba viva y era más camandulera que toda la Venerable Curia Arquidiocesana. Tanto que les voy a contar: Cuando el viejo se murió de 76 años, nos dejó una finquita de herencia para repartir entra la vieja y trece hijos. Valía como diez mil pesos, era toda su fortuna por haber trabajado honradamente. Cuando se lo comió el cáncer se ganaba trescientos pesos en la Contraloría. El no pudo ascender mucho porque era muy trabajador y muy honesto. Los liberales lo habían echado del puesto de telegrafista en 1930, por godo. Como se quedó más varado y más embargado que una nómina de maestro de escuela, se tuvo que ir para una finca a peoniar. Eso duró todos los días y todos los años hasta 1946, en que gracias a Dios se cayeron los liberales, y los godos le volvieron a ofrecer un puestecito. Pero la desgracia fue que durante esos dieciséis años se le olvidó la telegrafía de tanto echar azadón, por lo cual lo nombraron secretario de algo. Como no ganaba gran cosa, hubo en la familia una verdadera hecatombe de matrimonios para que los más grandes nos cedieran la cuchara, los calzones viejos, y el cartapacio para ir a la escuela.

Vargas Vila Luterano

Mi padre se sostuvo en el puesto hasta que se lo comió el cáncer. El pobre ya estaba muy cansado y deteriorado. A pesar de que era muy religioso nunca le alcanzaba el sueldo para pagar los diezmos y primicias a la Santa Madre Iglesia, y cuando se murió, a mi madre se le metió en la cabeza que mi pobre padre se había atrancado en el Purgatorio a causa de los diezmos. Entonces decidió vender la finquita de la herencia por cinco mil pesos al contado, más o menos lo que sumaba un sueldo por año durante toda su vida. Mis otros hermanos estuvieron de acuerdo en que había que pagarle al viejo el seguro de vida eterno para que pudiera subir el otro ladrillo hacía la gloria celestial. Pero como yo ya había leído a Vargas Vila, me opuse rotundamente. Mi madre guardaba la herencia en una maleta en billetes de a cinco listos para entregarlos al padre Ferro, un cura italiano, párroco de nuestra iglesia del barrio de Boston, en Medellín, Yo, por razones vargasvilescas, me oponía a que le regalaran al cura italiano ese montón de plata. Mi madre alegaba que el viejo estaba secuestrado en el purgatorio y que según las cuentas que habían hecho ella y el padre Ferro en el confesionario, Dios Nuestro Señor lo podía poner en libertad por esa suma. Entonces yo le propuse una fórmula de conciliación, de sabor humanitario y cristiano, que consistía en enviar los cinco mil a manera de diezmo al hospital de Andes nuestro pueblo. Ella negó la fórmula alegando que una cosa era el hospital, y otra cosa era lo que había que hacer, o sea, llevarle la maleta al padre Ferro, en la casa cural de Boston.

La pena y la gloria
 

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