TESTIMONIO DE JAIME JARAMILLO ESCOBAR

Por Jotamario Arbeláez

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 “La eternidad tiene tiempo de esperarme”, nos contestaba el poeta Jaime Jaramillo Escobar desde la ducha, cuando desconcertados por los escritos que encontrábamos diariamente sobre su parca mesa, le afanábamos por la publicación de sus “Poemas de la Envidia”, que al final fueron “…de la “Ofensa”, en ese Cali caliente de hace 30 años donde los escribiera desnudo. Porque en escribir desnudo, confesaría más tarde al inquisidor Gonzalo, radicaba el secreto de su estilo.

Jaime Jaramillo Escobar (X-504) por Leandro Velasco.

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En nadie como en él se ha dado tan patente el caso de la iluminación laboriosa. Como he tenido el privilegio de ser el lector príncipe de gran parte de su obra, de los Poemas de la Ofensa me contaba –y en algún poema de nueva data lo reafirma-, que los leía en sueños, en un libro inmenso empastado en cuero rojo con un escudo repujado de armas y con ribetes de oro macizo, colocados sobre un atril de mármol.

El viento de sus sueños movía las páginas del libro y él cada noche iba leyendo con los ojos cerrados poemas sucesivos que al despertar anotaba fielmente. Pero, haciendo caso omiso de la sintaxis onírica, pasaba largos años trabajando los versos, cambiando una palabra, un tiempo, un giro, un ritmo, una coma, añadiendo y quitando, hasta dejarlos acerados y deslumbrantes como filos de guillotina. Cuando le conté al profeta Gonzalo Arango este génesis y método de la poética del entonces X-504, comentó levantando al cielo dos dedos: “Digamos que X escribió un libro revelado, y que gasto media vida puliendo la Revelación”.

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Fanático de la perfección, despiadado cazador de gazapos, respetuoso a dos manos del derecho del vecino, inocente de cualquier vileza, incapaz de mentir hasta en el poema (ese alfiletero de engaños), impecable sobre la página en blanco, hondero entusiasta del trabajo, alérgico a la publicidad, de modales tan finos como no se producen en el país, con un alma compitiendo con su cuerpo en limpieza, cabeciduro en sus empeños y caviloso con sus logros, de las más pura naturaleza ascética y un hombre justo por si fuera poco, es decir nada del poeta más inmortal de nuestro camada y uno de los mayores en muchos mapas y siglos a la redonda.

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Cuando llegó Gonzalo Arango a Cali en 1959 a predicar la malsana y podrida doctrina del Nadaísmo, allí estaba muy bien sentado y muy serio entre un público desopilante. Presentes que casi llegábamos al delirio éramos Diego León Giraldo, Alfredo Sánchez, Elmo Valencia, Armando Romero y yo, que escuchábamos con nuestros pechos la magra figura del Profeta ante la inminente presencia de los tanques en el salón de conferencias para acallarlo. Jaime muy circunspecto, asistía en cumplimiento de un ritual amistoso, pues con Gonzalo había estudiado y tumbado guayabas y descubierto a Diógenes en el liceo Juan de Dios Uribe de Andes, Antioquia. Desde entonces Gonzalo lo apodaba cariñosamente “El Poeta” o más dulcemente “Poe”. Mientras Gonzalo se atragantaba de pesadas lecturas en la biblioteca del liceo, Jaime se bañaba desnudo en el río. Pero cuando Gonzalo el calavera salía por las noches a espantar el sueño del pueblo, Jaime a la luz de una vela preparaba el material de su periódico “Ideales”, bendito, con una curia que no ha tenido la iglesia católica.

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Ingresó al nadaísmo por solidaridad con su amigo silvestre y su aporte filudo y lacerante se sintió enseguida. Sus primeras publicaciones en prensa y revistas –toda una escatología de la muerte negra cubierta por su ironía-, amparadas por su nombre ficticio de placa de jet o de reo (en realidad eran los números iniciales de su cédula de ciudadanía), provocaron un súbito asombro aún entre los más envenenados detractores del movimiento. Con no pocas bendiciones se trataban de conjurar las imprecaciones de X. ¿Quién era este impertinente que venía a perturbar con sus denuncias en befa la paz de los asesinos? Conocía la violencia política que acababa de ensopar en sangre al país, la había vivido en carne propia en los pueblos por donde comenzó su periplo, había trabajado de vendedor de juguetes, pelotas, soldados de plomo, andaba con un grueso tomo de Steckel lleno de casos aberrantes debidamente analizados y buscando donde ubicar su concreta y nómada vocación de soledad. De su cuarto de habitación hicimos nuestro cuartel general, eso sí sin dejar basuras. Allí solíamos sentarnos al calor de un nescafé a conspirar con el Monje Loco, a polemizar con los nadaístas de Medellín, a facturar esos mortíferos manifiestos que fulminaban obispos, hasta que le robaron al Poeta la máquina de escribir.

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Las pertenencias del Poe, habitante de un quinto piso, eran una cama, una mesa, una silla, un reverbero con pocillos, una escoba y su biblioteca. Después del robo de la máquina –todavía impune-, selló con un grueso candado el closet con sus versos inéditos y pegó adhesivos numerados en los lomos de sus libros. Entre ellos destacaba una pila de poetas místicos orientales, zoroástricos y sufíes. Algunos no tan místicos como Jayán, a quien nunca hizo caso en sus incitaciones a la bebida. Novelistas alemanes que le raparon la cabeza, que le aplicaron la loción del rigor en sus actos y pensamientos. Campaban los tomos de “José y sus Hermanos”, y él “Juego de Abalorios” antecediendo a todo Mann y a todo Hesse. “Los Alimentos Terrestres” de Gide complementaban su dieta. Pero creo que Franz Kafka era el habitante preferido del anaquel. (Kafka, Shakespeare y Joyce nutren su cuentística. Porque es tan gran cuentista como poeta, sólo que sus cuentos aún esperan la revisión final. Y cuando eso suceda, cuentistas de Colombia a apagar la luz, orinar y acostarse). A propósito de Kafka, Jaime amaba a Max Brod –amigo y confidente del genial tuberculoso de Praga-, a cuya traición (no quemarla) se debe la salvación de una obra no por inconclusa menos estremecedora. Baudelaire completito. Vallejo por supuesto, al lado de Rilke y Huidobro. García Lorca había pasado por allí pero cate que no lo vi. La poesía de Jaime antes del terremoto era leve, tibia y transparente como el charco del río San Juan donde se bañaba. Con el movimiento nos cayeron entre las garras las Hojas de Hierba y los Cantos de Maldoror.  Sagrada luz de neón del deslumbramiento. Whitman le liberó el verso Lautreamont se lo envenenó. Encantado con los versos largos, concibió El Decámetro (“el verso más largo del mundo, dedicado con mucha pena al inventor del Hexámetro”), un solo verso de diez metros escrito en una serpentina. Así pago su deuda con el viejo pederasta de Manhattan, no sin antes endilgarle su puya por haber escrito que el sapo era la obra maestra de Dios: “Viejo, no te burles, que Dios hizo lo que pudo”. El paz y salvo con Lautreamont fue más drástico. Dio nacimiento al monstruo X-504, de la estirpe de Maldoror, de la misma de Maqrol el Gaviero. X-504, de quien permite su existencia, “para que Jaime Jaramillo pueda vivir libremente sin el peso de la literatura y la admiración”, no es ni fue un seudónimo sino un personaje que aún vive dentro de Jaime y que Jaime mantiene como un fenómeno en su cautiverio. Si el respeto por los derechos humanos se hace extensivo a los monstruos, habrá que abogar porque Jaime Jaramillo Escobar le de largas a X-504, o, si le da tanto miedo dejarlo suelto por el mundo e aplique la ley de fuga. La obra opresiva del personaje X, que habla en una primera persona remota, alcanza su máxima intensidad espiritual –casi demoníaca- en los poemas finales de La Revelación del Alma y continúa en La Aproximación a la Muerte (Ciclos de los Poemas de la Ofensa). “El Cielo nos espera con la boca abierta” es el último canto de Maldoror. Los Poemas de la Ofensa es un libro donde el amor se atreve a decir su nombre, donde la tensión sexual va pareja con la tensión del alma. Y al final araña la muerte. La muerte, a la que nunca ha dado tregua, a la que ha zaherido y zarandeado hasta dejarla pelona. Ese trato confianzudo pero ceremonial con la Gran Señora parece provenir de los Evangelios Apócrifos, donde el señor la pone en su santo sitio.

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En 1966 le es concedido el Premio Cassius Clay de poesía. El jurado está conformado por Gonzalo Arango, Pablus Gallinazo y William Agudelo, discípulo y compañero de Ernesto Cardenal en la isla Solentiname y posteriormente en el gobierno revolucionario de Nicaragua. El libro aparece en 1967 bajo el sello editorial Tercer Mundo. Comienza el camino de una de las más fascinantes obras en la historia de la poesía. Se menciona a Blake, a Swedenborg, a Rilke, a Milosz, a Mutis. Se sospecha que ha medrado en el fuego filosofal. El poeta con seguridad ha investigado el Infierno hasta casi tostarse en él, ha hecho migas con los 36 misteriosos, tiene pacto con los extraterrestres de los suburbios. Pero también ha repasado la angelología y observado con lupa el plano del Cielo. Uno de los primeros ángeles chamuscados, el sexto, hecho por Dios, con un puñado de fuego, llamaba Xathanael. El primero había sido Satanaíl de quien en El Hijo de la Ballena, se confiesa rival y prisionero. “En una roca frente a los océanos del Norte”. El Demonio en persona echa un pulso con nuestro héroe.

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Se ducha por última vez en Cali y lo abandona por 15 años. En Bogotá se dedica a labores editoriales en Tercer Mundo y luego ingresa al universo inverosímil de la publicidad en Propaganda Sancho. Salta a Barranquilla donde continúa esa actividad en Nova, que dirige Plinio Apuleyo Mendoza. Regresa a Bogotá donde nos hemos dado cita Amilcar Osorio, Eduardo Escobar, Darío Lemos, Elmo Valencia, Gonzalo Arango y Jotamario para partir todos a Providencia y establecer el Nadasterio. El proyecto se frustra y se funda en cambio la revista Nadaísmo 70. Gonzalo es el director general, el que consigue los avisos y redacta la mayor parte de los panfletos. Jaime asume la gerencia y la dirección editorial. En plena época del furor de la cannabis y el LSD, la juventud se enloquece más. La revista llega al número ocho con tanto tiraje como demanda. “El Siglo” comienza a bloquear la publicidad de la revista alegando que “con dineros oficiales se está financiando la subversión”. Pero Gonzalo está aburrido de que lo manoseen los gerentes para pagarle los avisos. La revista cierra. Jaime en todo ese tiempo ha escrito un poema, un inmenso poema de amor cifrado, Apogeo del Sucesor. Pero también ha preparado, con base en los mensajes desesperados de un joven recluta negro metido en un calabozo en La Guajira, las Cartas del Soldado Desconocido.

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Funda su propia agencia de publicidad O.P. Institucional. Le consagra diez años durante los cuales, merced a un tórrido trabajo, llega a ser hombre de una relativa fortuna. Gonzalo Arango llora y se lamenta contra el muro de la agencia porque el demonio de los negocios le ha arrebatado el alma de su amigo a la poesía. Comienza a traducir, después de las medias noches a Geraldino Brasil. Yo redacto los textos publicitarios. La empresa finalmente quiebra por los malos manejos económicos del gobierno. Jaime continúa trabajando gratis otro año hasta sanear sus deudas y regresa a Cali a su vida frugal, a sus pantaloncitos forrados, a su tasa de nescafé, a las tardes soleadas en las piscinas olímpicas. Se destapa de nuevo a la poesía como un geyser. Con un frenesí desmedido van saliendo simultáneamente poemas múltiples, todos esos incubados durante años. X-504 vuelve a dar señales de vida dentro de él, pero ya es un mito condenado al silencio perpetuo. Jaime me decía años atrás, que cuando volviera al trabajo poético –si volvía-, haría algo supremamente popular, entendible por todos sin eludir de su elaboración un intenso trabajo. Por algo nada en la gran poesía del Brasil. Ha publicado sus versiones de Geraldino. En 1983 gana los premios nacionales de poesía Eduardo Cote Lamus con “Sombrero de Ahogado” y de la Universidad de Antioquia con “Poemas de Tierra Caliente”. Y prepara sus volúmenes “Poesía Pública” y “Poesía Revelada”. La revelación vuelve por sus fueros. Y en su voz hablan el trueno y la llovizna. La sangre derramada y el loro del pueblo.

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Gonzalo Arango ha muerto  y Jaime Jaramillo Escobar ha resucitado a la poesía. Asume el nadaísmo dando la cara. Adiós a esos trabajos bastardos que tanto tiempo recortaron su alma. Han muero también Amilcar y Darío Lemos. El panteón se nos va llenando de yesos. Desde hace cinco años dirige talleres de poesía en la Biblioteca Piloto de Medellín, en medio de la balacera. La poesía entra con sangre. Las gentes parecen empezar a entender.

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Con Álvaro Mutis y Jaime Jaramillo Escobar, con Maqrol el Gaviero y X-504, Colombia tiene de sobra para repetir Nobel.

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Extraño y enaltecedor privilegio presentar la antología del poeta vivo más milagroso de la época. Mi complicidad desde el otro lado de la mesa, completando la magnitud de su estrella, me hace sentir tal orgullo que se opaca mi aspiración de ser “El más humilde del Universo”.

Bogotá, abril de 1991.

Texto cortesía Fundación  Casa del Nadaísmo.

<<Evocación de Gonzalo Arango
 

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